| |||||||||||||||||
Cuando estamos iniciando un nuevo milenio, gozosos de nuestros éxitos tecnológicos y económicos sin parangón, un sentimiento de grandeza, de superioridad, de poder nos invade a cada uno de nosotros, cuando pensamos en la posición que ocupamos con respecto a las demás especies vivas del planeta. ¿De donde surge nuestra fuerza? ¿cual es el milagro que nos hace tan superiores? Siempre nos han dicho que es nuestra gran inteligencia la que nos dota de estos especiales poderes. Inteligencia para pensar, conocer y, sobre todo, inventar todo tipo de herramientas. Esta respuesta tradicional nos llena de orgullo a cada uno de nosotros siempre que la oímos: ¡cuan inteligentes somos! o mejor dicho, ¡cuan inteligente soy! Probablemente esta sea la verdadera razón por la que esgrimimos una respuesta que, a todas luces, es del todo incorrecta o, más precisamente, es falsa. Lo que ocurre es que nos gusta muy poco pensar seriamente sobre nosotros mismos y sobre la verdad de lo que decimos. Y este es un ejemplo claro del sostenimiento de una creencia errónea simplemente porque nadie se atreve a pensar sobre su verdad. Así pues, si decimos que nuestra superioridad deriva de nuestra inteligencia, veamos si realmente es así, si los hechos confirman o desmienten tal afirmación.
|
|