Biopsychology.org

English

Artículos Casos   Libros Apuntes Otros  

Librería Biopsychology.org

El Origen de las Especies

Charles Darwin

© Editorial Debate
ISBN 8483061317

Comentario general

Hojear contenido

 

Precio:  995 Ptas.

Comprar

 

 

Comentario general

 

El Origen de las Especies de Darwin es el libro más fundamental e importante de toda la ciencia moderna que hasta hoy haya sido escrito. Sería, por tanto, el primer libro que deberíamos leer y estudiar y el último que deberíamos olvidar.

Por desgracia, aún muchas personas desconocen su contenido y sólo han oído hablar de él por referencias. Particularmente lamentable es su olvido en ciencias humanas. La deficiente calidad científica de la psicología actual se manifiesta en el simple hecho de que los estudiantes de psicología no tienen que estudiarlo ni examinarse de sus contenidos. La psicología demuestra, así, un nivel de deterioro científico insuperable.

Rogamos, pues, al lector que posponga cualquier otra lectura y que inicie cuanto antes el estudio de este maravilloso libro. Si resulta que no le gusta o no lo entiende entonces es mejor que abandone cualquier intento de dedicarse a una profesión científica relacionada con la vida.

Por el contrario, el lector que disfrute con su lectura y comprenda su contenido encontrará la guía fundamental para entender todos los hechos de la vida, incluidos los seres humanos. Las leyes que rigen nuestro comportamiento y nuestro destino están descritas en este libro con toda precisión y claridad. El estudiante de psicología empezará realmente sus estudios con este libro.

Es un libro que hay que leer poco a poco, dejar que sus contenidos se vayan sedimentando en nuestro cerebro. Un par o tres de páginas al día a lo sumo. Su fácil lectura puede engañarnos y hacernos creer que su contenido es liviano. Todo lo contrario. Aunque nos apetezca, deberemos evitar correr en su lectura. Si cometemos el error de pasar por él sin comprenderlo, nuestro camino hacia la psicología quedará cerrado para siempre.

E. Barrull, 2001. 

 

Comprar

 

 

Hojear contenido

 

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I

LA VARIACIÓN EN EL ESTADO DOMESTICO

Causas de variabilidad. —Efectos de la costumbre y del uso y desuso de los órganos. —Variación correlativa. — Herencia. —Carácter de las variedades domésticas. —Dificultad de la distinción entre variedades y especies. —Origen de las variedades domésticas a partir de una o más especies. —Palomas domésticas: sus diferencias y su origen. —Principios de selección seguidos antiguamente; sus efectos.. —Selección metódica y selección inconsciente. —Origen desconocido de nuestras producciones domésticas. —Circunstancias favorables al poder de selección del hombre.

CAPÍTULO II

LA VARIACIÓN EN EL ESTADO DE NATURALEZA

Variabilidad. —Diferencias individuales. —Especies dudosas. —Las especies de gran dispersión, las muy difundidas y las comunes son las que más varían. —Las especies de los géneros mayores de cada país varían más frecuentemente que las especies de los géneros menores. —Muchas de las especies de los géneros mayores parecen variedades por estar muy íntima, aunque desigualmente, relacionadas entre sí, y por lo restringido de sus áreas.

CAPÍTULO III

LA LUCHA POR LA EXISTENCIA

Su relación con la selección natural. —La expresión se usa en sentido amplio. —Progresión geométrica del aumento. —Rápido aumento de las plantas y de los animales naturalizados. —Naturaleza de los obstáculos al aumento. —Competencia universal. —Efectos del clima. —Protección por el número de individuos. — Relaciones complejas de todos los animales y plantas en la naturaleza. —La lucha por la vida es rigurosísima entre los individuos y las variedades de la misma especie y rigurosa, con frecuencia, entre las especies de un mismo género. —La relación de organismo a organismo es la más importante de todas las relaciones.

CAPÍTULO IV

LA SELECCIÓN NATURAL, O LA SUPERVIVENCIA DE LOS MÁS APTOS

Selección natural: su fuerza, comparada con la selección del hombre; su poder sobre caracteres de escasa importancia; su influencia en todas las edades y en los dos sexos. —Selección sexual. —Acerca de la generalidad de los cruzamientos entre individuos de la misma especie. —Circunstancias favorables y desfavorables para los resultados de la selección natural, a saber: cruzamiento, aislamiento y número de individuos. —Acción lenta. —Extinción producida , por la selección natural. —La divergencia de caracteres, relacionada con la diversidad de los habitantes de toda estación pequeña, y con la aclimatación. —. Acción de la selección natural, mediante la divergencia de caracteres y la extinción, sobre los descendientes de un progenitor común. —Explica la agrupación de todos los seres orgánicos. —Progreso en la organización. —Conservación de las formas inferiores. —Convergencia de caracteres. —Multiplicación indefinida de las especies. —Resumen.

CAPÍTULO V

LEYES DE LA VARIACIÓN

Efectos del cambio de condiciones. —Uso y desuso, combinados con la selección natural; órganos del vuelo y de la vista. —Aclimatación. —Variación correlativa. —Compensación y economía del crecimiento. — Correlaciones falsas. —Las conformaciones múltiples, rudimentarias y de organización inferior son variables. —Los miembros desarrollados de un modo inusitado son sumamente variables; los caracteres específicos son más variables que los genéricos; los caracteres sexuales secundarios son variables. —Las especies del mismo género varían de un modo análogo. —Reversiones a caracteres perdidos hace mucho tiempo. —Resumen.

CAPÍTULO VI

DIFICULTADES DE LA TEORÍA

Dificultades de la teoría de la descendencia con modificación. —Ausencia o rareza de las variedades de transición. —Transiciones en los hábitos de vida. —Diversidad de costumbres en la misma especie. —Especies con costumbres muy diferentes de las de sus afines. —órganos de extrema perfección. —Modos de transición. —Casos de dificultad. —Natura non facit saltum. —órganos de poca importancia. —Los órganos no son en todos los casos completamente perfectos. — La ley de unidad de tipo y de las condiciones de existencia están comprendidas en la teoría de la selección natural.

CAPÍTULO VII

OBJECIONES DIVERSAS A LA TEORÍA DE LA SELECCIÓN NATURAL

Longevidad. —Las modificaciones no son, necesariamente, simultáneas. —Modificaciones, al parecer, de ninguna utilidad directa. —Desarrollo progresivo. —Los caracteres de poca importancia funcional son los más constantes. —Pretendida incapacidad de la selección natural para explicar los estados incipientes de las conformaciones útiles. —Causas que se oponen a la adquisición de conformaciones útiles por selección natural. —Gradaciones de estructura con cambio de funciones. —órganos muy diferentes en miembros de la misma clase, desarrollados de un solo y mismo origen. —Razones para no creer en modificaciones grandes y súbitas.

CAPÍTULO VIII

INSTINTO

Los instintos son comparables con las costumbres pero diferentes por su origen. —Gradación de los instintos. —Pulgones y hormigas. —Los instintos son variables. —Instintos domésticos: su origen. —Instintos naturales del cuclillo, del Molothrus, del avestruz y de las abejas parásitas. —Hormigas esclavistas. —La abeja común: su instinto de hacer celdillas—Los cambios de instinto y de estructura no son necesariamente simultáneos. —Dificultades de la teoría de la selección natural de los instintos. —Insectos neutros o estériles. —Resumen.

CAPÍTULO IX

HIBRIDISMO

Distinción entre la esterilidad de los primeros cruzamientos y la de los híbridos. —La esterilidad es de grados diferentes, no es universal, está influida por la consanguinidad próxima y desaparece en la domesticidad. —Leyes que rigen la esterilidad de los híbridos. —La esterilidad no es un atributo especial sino incidental con otras diferencias no acumuladas por selección natural. —Causas de la esterilidad de los primeros cruzamientos y de la de los híbridos — Paralelismo entre los efectos del cambio de condiciones de vida y los del cruzamiento. —Dimorfismo y trimorfismo. —La fecundidad de las variedades cuando se cruzan y la de su descendencia mestiza no es general. —Comparación de híbridos y mestizos independientemente de su fecundidad. —Resumen.

CAPÍTULO X

DE LA IMPERFECCIÓN DEL ARCHIVO GEOLÓGICO

De la ausencia de variedades intermedias en nuestros días. —Acerca de la naturaleza de las variedades intermedias extinguidas y de su número. —Del lapso de tiempo, según se deduce de la velocidad de denudación y de depósito. —Del lapso de tiempo, evaluado en años. —Sobre la pobreza de nuestras colecciones paleontológicas. —De la intermitencia de las formaciones geológicas. —De la denudación de las áreas graníticas. —Sobre la ausencia de variedades intermedias en una formación cualquiera. —Acerca de la aparición súbita de grupos de especies. —De su aparición súbita en los estratos fosilíferos inferiores conocidos. —Antigüedad de la tierra habitable.

CAPÍTULO XI

DE LA SUCESIÓN GEOLÓGICA DE LOS SERES ORGÁNICOS

De la aparición lenta y sucesiva de especies nuevas. — De su diferente velocidad de cambio. —Las especies, una vez desaparecidas, no reaparecen. —Los grupos de especies siguen, en su aparición y desaparición, las mismas reglas generales que las especies aisladas. —D3 la extinción. —De los cambios simultáneos de las formas orgánicas en todo el mundo. —De las afinidades de las especies extinguidas entre sí y con las especies vivientes. —Del estado de desarrollo de las formas antiguas. —De la sucesión de los mismos tipos dentro de unas mismas áreas. —Resumen del presente capítulo y del anterior.

CAPÍTULO XII

DISTRIBUCIÓN GEOGRÁFICA

La distribución actual no puede explicarse por diferencias en las condiciones físicas. —Importancia de las barreras. —Afinidad entre las producciones de un mismo continente. —Centros de creación. —Medios de dispersión por cambios de clima y del nivel de la tierra, y por medios ocasionales. —Dispersión durante el período glacial. —Períodos glaciales alternantes en el norte y en el sur.

CAPÍTULO XIII

DISTRIBUCIÓN GEOGRÁFICA (Continuación)

Distribución de las producciones de agua dulce. —De los habitantes de las islas oceánicas. —Ausencia de batracios y de mamíferos terrestres. —Del parentesco de los habitantes de las islas con los del continente más próximo. —De la colonización procedente del origen más próximo con modificación subsiguiente. —Resumen del presente capítulo y del anterior.

CAPÍTULO XIV

AFINIDADES MUTUAS DE LOS SERES ORGÁNICOS. —MORFOLOGÍA. EMBRIOLOGÍA. —ÓRGANOS RUDIMENTARIOS

CLASIFICACIÓN : Grupos subordinados a grupos. —Sistema natural. —Reglas de clasificación y sus dificultades, explicadas según la teoría de la descendencia con modificación. —Clasificación de las variedades. —La descendencia siempre se ha utilizado en la clasificación. —Caracteres analógicos o de adaptación. —Afinidad general, compleja e irradiada. —La extinción separa y define a los grupos. —MORFOLOGÍA : Entre los miembros de una misma clase y entre las partes de un mismo individuo. —EMBRIOLOGÍA: Leyes de la embriología, explicadas por variaciones que no sobrevienen en edad temprana y que son heredadas a la edad correspondiente. —ÓRGANOS RUDIMENTARIOS : Explicación de su origen. —Resumen.

CAPÍTULO XV

RECAPITULACIÓN Y CONCLUSIÓN

Recapitulación de las objeciones a la teoría de la selección natural. —Recapitulación de los hechos generales y especiales a su favor. —Causas de la creencia general en la inmutabilidad de las especies. —Hasta qué punto puede extenderse la teoría de la selección natural. —Efectos de su adopción en el estudio de la historia natural. —Observaciones finales.

 

Comprar

 

 

INTRODUCCIÓN

CUANDO iba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me sorprendieron mucho ciertos hechos en la distribución de los seres orgánicos que viven en América del Sur, y las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este volumen, parecían arrojar alguna luz sobre el origen de las especies, ese misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros filósofos más grandes. A mi regreso a la patria, se me ocurrió, en 1837, que acaso podría aclararse algo de esta cuestiones acumulando y reflexionando pacientemente sobre toda clase de hechos que pudiesen tener quizá alguna relación con ella. Después de cinco años de trabajo, me permití discurrir especulativamente sobre el asunto, y redacté unas breves notas; éstas las amplié en 1844 hasta formar un bosquejo de las conclusiones que entonces me parecían probables, y desde este período hasta hoy he perseguido firmemente el mismo objeto. Espero que se me perdone por entrar en estos detalles personales, anotados para demostrar que no me he precipitado al llegar a una decisión.

Mi obra está ahora (1859) casi terminada; pero como me llevará muchos años completarla y mi salud está muy lejos de ser robusta, se me ha instado para que publicase este resumen. Me ha movido especialmente a hacerlo el que Mr. Wallace, que está actualmente estudiando la historia natural del archipiélago malayo, ha llegado casi exactamente a las mismas conclusiones generales que sostengo yo sobre el origen de las especies. En 1858 me envió una memoria sobre este asunto, con ruego de que la transmitiese a sir Charles Lyell, quien la envió a la Linnean Society, y está publicada en el tercer volumen del Journal de esta sociedad. Sir C. Lyell y el doctor Hooker, que tenían conocimiento de mi trabajo —este último había leído mi bosquejo de 1844—, me honraron juzgando conveniente publicar, junto con la excelente memoria de Mr. Wallace, algunos breves extractos de mis manuscritos.

Este resumen que publico ahora tiene, necesariamente, que ser imperfecto. No puedo dar aquí referencias y textos en pro de mis diversas afirmaciones, y he de contar con que el lector deposite alguna confianza en mi exactitud. Sin duda se habrán deslizado errores, aunque espero haber sido siempre cauto en dar crédito tan sólo a buenas autoridades. Únicamente puedo dar aquí las conclusiones generales a que he llegado, ilustradas con unos cuantos hechos, aunque confío en que serán suficientes en la mayoría de los casos. Nadie puede sentir más que yo la necesidad de publicar después detalladamente, y con referencias, todos los hechos sobre los que se apoyan mis conclusiones, y espero hacerlo en una obra futura. Pues sé perfectamente que apenas se discute en este volumen un solo punto acerca del cual no puedan aducirse hechos que con frecuencia llevan aparentemente a conclusiones diametralmente opuestas a las que yo he llegado. Un resultado justo sólo puede obtenerse exponiendo por completo y contrapesando los hechos y argumentos de ambos aspectos de cada cuestión; y esto es aquí imposible.

Lamento mucho que la falta de espacio me impida tener la satisfacción de agradecer la generosa ayuda que he recibido de muchísimos naturalistas, algunos de ellos personalmente desconocidos para mi. Sin embargo, no puedo desaprovechar esta oportunidad sin expresar mi profundo agradecimiento al doctor Hooker, quien durante los últimos quince años me ha ayudado de todos los modos posibles, con sus grandes acopios de conocimientos y su excelente criterio.

Al considerar el origen de las especies, es totalmente comprensible que un naturalista, reflexionando sobre las afinidades mutuas de los seres orgánicos, sobre sus relaciones embriológicas, su distribución geográfica, sucesión geológica y otros hechos semejantes, llegue a la conclusión de que las especies no han sido creadas independientemente, sino que han descendido, como variedades, de otras especies. No obstante, semejante conclusión, aun cuando estuviese bien fundada, no sería satisfactoria hasta que pudiese demostrarse de qué modo las innumerables especies que pueblan este mundo se han modificado hasta adquirir esa perfección de estructura y coadaptación que causa, con justicia, nuestra admiración. Los naturalistas continuamente se refieren a las condiciones externas, tales como el clima, el alimento, etc., como la única causa posible de variación. En un sentido limitado, como veremos después, esto puede ser verdad; pero es absurdo atribuir a meras condiciones externas la estructura, por ejemplo, del pájaro carpintero, con sus patas, su cola, su pico y su lengua tan admirablemente adaptados para capturar insectos bajo la corteza de los árboles. En el caso del muérdago, que saca su alimento de ciertos árboles, que tiene semillas que necesitan ser transportadas por ciertas aves y que tiene flores con sexos separados que requieren absolutamente la mediación de ciertos insectos para llevar el polen de una flor a otra, es igualmente absurdo explicar la estructura de este parásito y sus relaciones con diversos seres orgánicos distintos, por los efectos de las condiciones externas, de la costumbre o de la volición de la planta misma.

Es, por consiguiente, de la mayor importancia tener un claro punto de vista acerca de los medios de modificación y de coadaptación. Al comienzo de mis observaciones me pareció probable que un estudio cuidadoso de los animales domésticos y de las plantas cultivadas ofrecería las mayores oportunidades para resolver este oscuro problema. No he sido defraudado; en éste y en todos los demás casos dudosos he hallado invariablemente que nuestro conocimiento, por imperfecto que sea, de la variación en estado doméstico, proporciona la pista mejor y más segura. Me aventuro a manifestar mi convicción del alto valor de tales estudios, aunque han sido muy comúnmente descuidados por los naturalistas.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, dedicaré el primer capítulo de este resumen a la variación en estado doméstico. Veremos así que una amplia cuantía de la modificación hereditaria es, por lo menos, posible; y, lo que es tanto o más importante, veremos cuan grande es el poder del hombre al acumular por su selección ligeras variaciones sucesivas. Pasaré luego a la variabilidad de las especies en estado de naturaleza; pero, desgraciadamente, me veré obligado a tratar este asunto con demasiada brevedad, pues sólo puede ser tratado adecuadamente dando largos catálogos de hechos. Sin embargo, nos proporcionará la ocasión de discutir qué circunstancias son las más favorables para la variación. En el capítulo siguiente se examinará la lucha por la existencia entre todos los seres orgánicos a través del mundo, lo que se sigue inevitablemente de la elevada razón geométrica de su aumento. Ésta es la doctrina de Malthus, aplicada al conjunto de los reinos animal y vegetal. Como de cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir, y como, consiguientemente, hay que recurrir con frecuencia a la lucha por la existencia, se deduce que cualquier ser, si varía, aunque sea levemente, de algún modo provechoso para él, bajo las complejas y a veces variables condiciones de vida, tendrá mayor probabilidad de sobrevivir, y de ser así seleccionado naturalmente. Según el vigoroso principio de la herencia, toda variedad seleccionada tenderá a propagar su forma nueva y modificada.

Esta cuestión fundamental de la selección natural será tratada con alguna extensión en el capítulo cuarto, y entonces veremos cómo la selección natural causa casi inevitablemente mucha extinción de las formas de vida menos perfeccionadas y conduce a lo que he llamado divergencia de caracteres. En el capítulo siguiente discutiré las complejas y poco conocidas leyes de la variación. En los cinco capítulos subsiguientes se presentarán las dificultades más aparentes y graves para aceptar la teoría; a saber: primero, las dificultades de las transiciones, o cómo un ser sencillo o un órgano sencillo puede transformarse y perfeccionarse hasta convertirse en un ser altamente desarrollado o en un órgano primorosamente construido; segundo, el tema del instinto o de las facultades mentales de los animales; tercero, el hibri-dismo o la esterilidad de las especies y la fecundidad de las variedades cuando se cruzan; y cuarto, la imperfección de la crónica geológica. En el capítulo siguiente consideraré la sucesión geológica de los seres orgánicos a través del tiempo; en los capítulos doce y trece, su distribución geográfica a través del espacio; en el capítulo catorce, su clasificación o afinidades mutuas, tanto en adultos como en estado embrionario. En el último capítulo daré una breve recapitulación de todo el trabajo y unas cuantas observaciones finales.

No debe sentir sorpresa nadie por lo mucho que queda todavía sin explicar respecto al origen de las especies y de las variedades, si se tiene en cuenta nuestra profunda ignorancia respecto a las relaciones mutuas de los muchos seres que viven a nuestro alrededor. ¿Quién puede explicar por qué una especie se extiende mucho y es muy numerosa, y por qué otra especie afín tiene una dispersión reducida y es rara? Sin embargo, estas relaciones son de la mayor importancia, pues determinan la prosperidad presente y, a mi parecer, la futura suerte y variación de cada uno de los habitantes del mundo. Aún sabemos menos de las relaciones mutuas de los innumerables habitantes de la tierra durante las diversas épocas geológicas pasadas de su historia. Aunque es mucho lo que permanece oscuro, y permanecerá durante largo tiempo, no puedo abrigar la menor duda, después del estudio más detenido y desapasionado juicio de que soy capaz, de que la opinión que la mayor parte de los naturalistas mantuvieron hasta hace poco, y que yo mantuve anteriormente, o sea, que cada especie ha sido creada independientemente, es errónea. Estoy completamente convencido, no sólo de que las especies no son inmutables, sino de que las que pertenecen a lo que se llama el mismo género son descendientes directos de alguna otra especie, generalmente extinguida, de la misma manera que las variedades reconocidas de una especie cualquiera son los descendientes de ésta. Además, estoy convencido de que la selección natural ha sido el más importante, sino el único medio de modificación.

 

Comprar

 

 

CAPITULO III

LA LUCHA POR LA EXISTENCIA

Su relación con la selección natural.—La expresión se usa en sentido amplio.—Progresión geométrica del aumento.—Rápido aumento de los animales y de las plantas naturalizados.— Naturaleza de los obstáculos al aumento.—Competencia universal.—Efectos del clima.—Protección por el número de individuos.—Relaciones complejas de todos los animales y plantas en la naturaleza.—La lucha por la vida es rigurosísima entre los individuos y las variedades de la misma especie, y rigurosa con frecuencia entre las especies de un mismo género.—La relación de organismo a organismo es la más importante de todas las relaciones.

Antes de entrar en el tema de este capítulo debo hacer unas cuantas observaciones preliminares para demostrar como la lucha por la existencia se relaciona con la selección natural. Se vio en el capítulo anterior que entre los seres orgánicos en estado de naturaleza existe, alguna variabilidad Individual, y, en verdad, no estoy enterado de que esto se haya discutido nunca. No tiene importancia para nosotros que a una multitud de formas dudosas se las llame especies, o subespecies, o variedades; ni qué categoría, por ejemplo, tengan derecho a ocupar las doscientas o trescientas formas dudosas de plantas británicas. Pero la simple existencia de la variabilidad individual y de unas pocas variedades bien caracterizadas, aunque necesaria como base de trabajo, nos ayuda bien poco a comprender cómo surgen las especies en la naturaleza. ¿Cómo se han perfeccionado todas esas exquisitas adaptaciones de una parte del organismo a otra, y a las condiciones de vida, y de un ser orgánico a otro? Vemos estas bellas coadaptaciones del modo más claro en el pájaro carpintero y en el muérdago, y solamente un poco menos claro en el más humilde parásito que se adhiere a los pelos de un cuadrúpedo o a las plumas de un ave, en la estructura del escarabajo que bucea en el agua, en la simiente plumosa que la más suave brisa mece en el aire; en resumen, vemos hermosas adaptaciones por cualquier lugar, y en cada una de las partes del mundo orgánico.

Puede preguntarse, además, cómo es que las variedades que he llamado especies incipientes llegan a convertirse al fin en verdaderas y definidas especies, que en la mayoría de los casos difieren claramente entre sí mucho más que las variedades de la misma especie; y cómo surgen esos grupos de especies, que constituyen lo que se llaman géneros distintos y que difieren entre sí más que las especies del mismo género. Todos estos resultados, como veremos más detenidamente en el próximo capítulo, se derivan de la lucha por la vida. Debido a esta lucha, las variaciones, por ligeras que sean, y cualquiera que sea la causa de que procedan, si son en algún grado provechosas para los individuos de una especie, en sus relaciones infinitamente complejas con otros seres orgánicos y con sus condiciones de vida, tenderán a la conservación de estos individuos y serán, en general, heredadas por la descendencia. La descendencia también tendrá así mayor probabilidad de sobrevivir, pues de los muchos individuos que nacen periódicamente de una especie cualquiera, sólo sobrevive un corto número. He denominado a este principio, por el cual toda variación ligera, si es útil se conserva, con el término de "selección natural", a fin de señalar su relación con la facultad de selección del hombre. Pero la expresión frecuentemente empleada por Mr. Herbert Spencer de "la supervivencia de los más aptos" es más exacta y, a veces, igualmente conveniente. Hemos visto que el hombre puede producir, ciertamente por selección, grandes resultados, y puede adaptar a los seres orgánicos a sus usos particulares, mediante la acumulación de leves pero útiles variaciones, que le son dadas por la mano de la naturaleza. Pero la selección natural, como veremos más adelante, es una fuerza incesantemente dispuesta a la acción, y tan inconmensurablemente superior a los débiles esfuerzos del hombre como las obras de la naturaleza lo son a las del arte.

Discutiremos ahora con un poco más detalle la lucha por la existencia. En mi futura obra, este asunto será tratado, como bien lo merece, con mayor extensión. Auguste P. de Candolle y Lyell han expuesto amplia y filosóficamente que todos los seres orgánicos están sujetos a rigurosa competencia. Por lo que se refiere a las plantas, nadie ha tratado este asunto con más talento y habilidad que W. Herbert, deán de Manchester, lo que indudablemente es resultado de sus grandes conocimientos en horticultura.

Nada más fácil que admitir de palabra la verdad de la lucha universal por la vida, ni más difícil—al menos, así me parece a mí—que tener siempre presente esta conclusión. Sin embargo, a menos que esto se grabe por completo en la mente, la economía entera de la naturaleza, con todos los hechos sobre distribución, rareza, abundancia, extinción y variación, se comprenderá confusamente o será por completo mal comprendida. Contemplamos la faz de la naturaleza radiante de alegría, vemos a menudo superabundancia de alimentos; pero no vemos, o lo olvidamos, que los pájaros que cantan ociosos a nuestro alrededor viven en su mayor parte de insectos o semillas, y, por tanto, están constantemente destruyendo vida; y olvidamos con qué abundancia son destruidos estos cantores, o sus huevos, o sus polluelos por las bestias de rapiña; y no siempre tenemos presente que, aunque el alimento puede ser en este momento superabundante, no ocurre así en todas las estaciones de cada uno de los años que transcurren.

La expresión "lucha por la existencia" se usa en sentido amplio.—Debo hacer constar que empleo esta expresión en un sentido amplio y metafórico, que incluye la dependencia de un ser respecto de otro, y—lo que es más importante—incluye no sólo la vida del individuo, sino también el éxito al dejar descendencia. De dos animales caninos, en tiempo de escasez y de hambre, puede decirse verdaderamente que luchan entre sí por conseguir alimento y vivir. Pero de una planta en el límite de un desierto se dice que lucha por la vida contra la sequedad, aunque fuera más propio decir que depende de la humedad. De una planta que produce anualmente un millar de semillas, de las que, por término medio, sólo una llega a la madurez, puede decirse con más exactitud que lucha con las plantas de la misma clase y de otras que ya cubren el suelo. El muérdago depende del manzano y de algunos otros árboles; mas sólo en un sentido muy amplio puede decirse que lucha con estos árboles, pues si creciesen demasiados parásitos en el mismo árbol, éste se extenúa y muere; pero de varias plantitas de muérdago que crecen muy juntas en la misma rama, puede decirse con más exactitud que luchan entre sí. Como el muérdago se disemina por tos pájaros, su existencia depende de éstos, y puede decirse metafóricamente que lucha con otras plantas frutales, tentando a los pájaros a devorar y así diseminar sus semillas. En estos diversos sentidos, que se relacionan entre sí, empleo por razón de conveniencia la expresión general de "lucha por la existencia".

Progresión geométrica del aumento.—La lucha por la existencia resulta inevitablemente de la elevada proporción en que tienden a aumentar todos los seres orgánicos. Todo ser que en el transcurso natural de su vida produce varios huevos o semillas, tiene que sufrir destrucción durante algún período de su vida, o durante alguna estación, o accidentalmente en algún año, pues, de lo contrario, según el principio de la progresión geométrica, su número llegaría a ser rápidamente tan excesivamente grande que ningún país podría mantener la producción. De aquí que, como se producen más individuos que los que pueden sobrevivir, tiene que haber en caso una lucha por la existencia, ya de un individuo con otro de la misma especie o con individuos de especies distintas, ya con las condiciones físicas de vida. Es la doctrina de Malthus aplicada con doble motivo al conjunto de los reinos animal y vegetal, pues en este caso no puede haber ningún aumento artificial de alimentos, ni ninguna limitación prudencial por parte del matrimonio. Aunque algunas especies puedan estar aumentando numéricamente en la actualidad con más o menos rapidez, no pueden estarlo todas, pues no cabrían en el mundo.

No hay ninguna excepción a la regla de que todo ser orgánico aumenta naturalmente en progresión tan elevada que, si no es destruido, pronto, estaría la tierra cubierta por la descendencia de una sola pareja. Incluso el hombre, que es lento en reproducirse, se ha duplicado en veinticinco años, y, según esta progresión, en menos de mil años su progenie no tendría literalmente sitio para estar de pie. Linneo ha calculado que si una planta anual produce tan sólo dos semillas—y no hay ninguna planta que sea tan poco productiva—, y sus plantitas producen otras dos en el año siguiente, y así sucesivamente, a los treinta años habría un millón de plantas. El elefante es considerado como el animal que se reproduce más lentamente de todos los conocidos, y me he tomado el trabajo de calcular la progresión mínima probable de su aumento natural: admitamos, para más seguridad, que empieza a criar a los treinta años, que continúa criando hasta los noventa, dando en ese intervalo seis hijos, y que sobrevive hasta los cien años; siendo así, después de un período de setecientos cuarenta a setecientos cincuenta años, habría aproximadamente diecinueve millones de elefantes vivos descendientes de la primera pareja.

Pero sobre este asunto tenemos pruebas mejores que los cálculos meramente teóricos, y son los numerosos casos registrados de aumento asombrosamente rápido de varios animales en estado de naturaleza, cuando las circunstancias les han sido favorables durante dos o tres temporadas seguidas. Todavía más sorprendente es la prueba de los animales domésticos de muchas clases que se han vuelto salvajes en diversas partes del mundo: los datos sobre la proporción de crecimiento, en América del Sur, y últimamente en Australia, de los caballos y ganado vacuno—animales lentos en reproducirse—hubieran sido increíbles si no estuviesen bien comprobados. Lo mismo ocurre con las plantas: podría citarse casos de plantas introducidas que han llegado a ser comunes en islas enteras en un período de menos de diez años. Algunas plantas, tales como el cardo silvestre y un cardo alto, que son actualmente las más comunes en las dilatadas llanuras de La Plata, donde cubren leguas cuadradas de superficie casi con exclusión de toda otra planta, han sido introducidas de Europa; y hay plantas que, según me dice el doctor Falconer, se extienden actualmente en la India desde el cabo Comorín hasta el Himalaya, plantas que han sido importadas de América después de su descubrimiento. En casos tales—y podrían citarse infinitos más—, nadie supone que la fecundidad de los animales o de las plantas haya aumentado súbita y temporalmente en grado sensible. La explicación evidente es que las condiciones de vida han sido sumamente favorables, por lo que, consiguientemente, ha habido menos destrucción de viejos y jóvenes, y casi todos los jóvenes han podido criar. Su progresión geométrica de aumento—cuyo resultado nunca deja de ser sorprendente—explica sencillamente su incremento extraordinariamente rápido y su amplia difusión en las nuevas tierras.

En estado natural, casi todas las plantas plenamente desarrolladas producen anualmente semillas, y entre los animales son muy pocos los que no se aparean cada año. Por esto podemos afirmar confiadamente que todas las plantas y animales tienden a aumentar en progresión geométrica—que todos poblarían rápidamente cualquier lugar en el que en todo caso pudieran existir—, y que esta tendencia geométrica al aumento ha de ser contrarrestada por la destrucción en algún período de la vida. Nuestra familiaridad con los grandes animales domésticos tiende, me parece, a despistarnos: vemos que no hay en ellos una gran destrucción, pero olvidamos que anualmente se sacrifican millares para alimento, y que en estado natural un numero igual tendría que invertirse de algún modo.

La única diferencia entre los organismo que anualmente producen huevos o semillas por millares y los que producen extremadamente pocos es que los que crían lentamente requerirían algunos años más para poblar, en condiciones favorables, toda una comarca, aunque fuese grandísima. El cóndor pone un par de huevos, y el avestruz de América una veintena, y, sin embargo, en el mismo país, el cóndor es tal vez el más numeroso de los dos; el petrel de Fulmar no pone más que un solo huevo, y, no obstante, se cree que es el ave más numerosa del mundo. Una mosca deposita centenares de huevos, y otra, como la hippobosca, uno sólo; pero esta diferencia no determina cuántos individuos de las dos especies pueden mantenerse en una comarca. Un gran número de huevos tiene alguna importancia para las especies que dependen de una cantidad fluctuante de comida, pues esto les permite aumentar rápidamente en número; pero la verdadera importancia de un gran número de huevos o semillas es compensar la excesiva destrucción en algún período de la vida, y este período, en la gran mayoría de los casos, es en la edad temprana. Si un animal pudiese proteger de algún modo sus propios huevos y crías, tal vez produciría un corto número, y, sin embargo, el promedio de población se conservaría plenamente; pero si son destruidos muchos huevos o crías, tienen que producirse también muchos, o la especie acabará por extinguirse. Para mantener el número completo de una especie de árbol que viviese un promedio de mil años, bastaría con que se produjese una sola semilla cada mil años, suponiendo que esta semilla no fuese destruida nunca y que estuviese asegurada su germinación en un lugar adecuado. Así, pues, en todos los casos, el promedio de cualquier animal o planta depende sólo indirectamente del número de sus huevos o semillas.

Al contemplar la naturaleza es muy necesario tener siempre en cuenta las consideraciones precedentes; no olvidar que todos y cada uno de los seres orgánicos puede decirse que se esfuerzan a todo trance por aumentar su número; que cada uno vive merced a una lucha en algún período de su vida; que inevitablemente pesa sobre los jóvenes o los viejos una importante destrucción, durante cada generación o a intervalos recurrentes. Aligérese cualquier obstáculo, mitíguese la destrucción, aunque sea poquísimo, y el número de individuos de la especie aumentará casi instantáneamente hasta llegar a una cantidad cualquiera.

Naturaleza de los obstáculos al aumento.—Las causas que contrarrestan la tendencia natural de cada especie a aumentar son de lo más oscuro. Consideremos la especie más vigorosa: cuanto mayor sea el número de sus enjambres, tanto más tenderá a aumentar todavía. No sabemos exactamente cuáles sean los obstáculos, ni siquiera en un solo caso. Ni sorprenderá esto a nadie que reflexione en lo ignorantes que somos respecto a este asunto, incluso en lo que se refiere a la humanidad, a pesar de estar incomparablemente mejor conocida que cualquier otro animal. Este asunto de los obstáculos al aumento ha sido sabiamente tratado por varios autores, y espero discutirlo con la debida extensión en una obra futura, especialmente en lo que se refiere a los animales salvajes de Sudamérica. Aquí haré solamente algunas observaciones, nada más que para traer a la mente del lector algunos de los puntos principales. Los huevos y los animales muy jóvenes parece que generalmente sufren mayor destrucción, pero no siempre es así. En las plantas hay una enorme destrucción de semillas; pero, según observaciones que he realizado, resulta que los planteles sufren más por germinar en terreno que ya está densamente poblado por otras plantas. Además los planteles son destruidos en gran número por diversos enemigos; por ejemplo: en un trozo de terreno de un metro de largo y poco más de medio metro de ancho aproximadamente, cavado y limpiado, y donde no podía haber ningún obstáculo por parte de otras plantas, señalé todas las plantitas de hierbas indígenas a medida que iban naciendo, y de trescientas cincuenta y siete, no menos de doscientas noventa y cinco fueron destruidas, principalmente por babosas e insectos. Si no se deja crecer el césped después de mucho tiempo de haber sido segado —y lo mismo sería con césped que hubiese servido de pasto a los cuadrúpedos—, las plantas más vigorosas matarán gradualmente a las menos vigorosas, a pesar de ser plantas completamente desarrolladas; así, de veinte especies que crecían en un pequeño espacio de césped segado—de un metro por metro y medio aproximadamente—, nueve especies perecieron porque se dejó a las otras desarrollarse libremente.

La cantidad de alimento para cada especie señala naturalmente el límite extremo a que cada una de ellas puede llegar; pero, con mucha frecuencia, lo que determina el promedio numérico de una especie no es la obtención del alimento, sino servir de presa a otros animales. Asi, parece que hay pocas dudas de que la cantidad de perdices, lagópodos y liebres en una gran hacienda depende principalmente de la destrucción de alimañas. Si durante los próximos veinte años no se matase en Inglaterra ni una sola pieza de caza, y si, al mismo tiempo, no íuese destruida ninguna alimaña, habría, con toda probabilidad, menos caza que ahora, aun cuando actualmente se matan cada año centenares de miles de piezas. Por el contrario, en algunos casos, como el del elefante, ningún individuo es destruido por animales de presa, pues incluso el tigre de la India rarísimamente se atreve a atacar a un elefante joven protegido por su madre.

El clima desempeña un papel importante para determinar la proporción numérica de los individuos de una especie, y las épocas periódicas de frío o sequedad parecen ser el más eficaz de todos los obstáculos para contrarrestar ese incremento. Calculo—principalmente por el número reducidísimo de nidos en la primavera—que el invierno de 1854-55 destruyó, las cuatro quintas partes de los pájaros de mi propia finca, y ésta es una destrucción tremenda, si recordamos que el diez por ciento es una mortalidad extraordinariamente grande en las epidemias del hombre. La acción del clima parece, a primera vista, ser por completo independiente de la lucha por la existencia; pero como el clima actúa principalmente reduciendo los alimentos, origina la lucha más rigurosa entre los individuos, ya de la misma o de distintas especies, que viven de la misma clase de alimento. Incluso cuando el clima actúa directamente—por ejemplo, el frío intenso—, los individuos que sufrirán más serán los menos vigorosos, o los que hayan conseguido menos alimentos a medida que avanza el invierno. Cuando viajamos de sur a norte, o de una región húmeda a otra seca, vemos invariablemente que algunas especies van siendo gradualmente cada vez más raras, y por fin desaparecen; y como el cambio de clima es bien notorio, atribuimos todo el efecto a su acción directa. Pero ésta es una idea errónea; olvidamos que cada especie, aun donde es más abundante, sufre constantemente enorme destrucción en algún período de su vida, a causa de enemigos o de competidores por el mismo lugar y alimento; y si estos enemigos o competidores son favorecidos, aun en el más ínfimo grado por cualquier leve cambio de clima, aumentarán en número y, como cada área está ya completamente poblada de habitantes, las otras especies tendrán que disminuir. Cuando viajamos hacia el sur y vemos que una especie disminuye de número, podemos estar seguros de que la causa estriba en que las demás especies son favorecidas como en que aquélla es perjudicada. Lo mismo ocurre cuando viajamos hacia el norte, aunque en menor grado, porque el número de especies de todas clases, y, por consiguiente, de competidores, decrece hacia el norte; de aquí que, yendo hacia el norte o subiendo a una montaña, nos encontremos con mayor frecuencia con formas canijas, debidas a la acción directamente perjudicial del clima, que yendo hacia el sur o al descender de una montaña. Cuando llegamos a las regiones árticas, o a las cumbres coronadas de nieve, o a los desiertos totales, la lucha por la vida es casi exclusivamente con los elementos.

Que el clima actúa sobre todo indirectamente favoreciendo a otras especies, lo vemos claramente en el prodigioso número de plantas que en los jardines pueden resistir perfectamente nuestro clima, pero que nunca llegan a naturalizarse, pues no pueden competir con nuestras plantas indígenas ni resistir la destrucción a que les someten nuestros animales nativos.

Cuando una especie, debido a circunstancias altamente favorables, aumenta su número de un modo desacostumbrado en una pequeña comarca, sobrevienen con frecuencia epizootias—por lo menos, esto parece ocurrir generalmente con nuestros animales de caza—, y nos encontramos aquí un freno que limita la expansión, independiente de la lucha por la vida. Pero incluso algunas de las llamadas epizootias parece que son debidas a gusanos parásitos, que por alguna causa—posiblemente, en parte, por la facilidad de difusión entre los animales aglomerados—, han sido desproporcionadamente favorecidos, y de aquí resulta una especie de lucha entre el parásito y su presa.

Por el contrario, en muchos casos, una gran cantidad de individuos de la misma especie, en relación con el numeró de sus enemigos, es absolutamente necesaria para su conservación. De este modo podemos obtener fácilmente en los campos gran abundancia de trigo, de simiente de colza, etcétera, porque las simientes existen en exceso comparadas con el número de pájaros que se alimentan de ellas; ni pueden los pájaros, a pesar de tener una superabundancia de comida en esta estación del año, aumentar en número proporcionalmente a la cantidad de semillas, porque su número fue contrarrestado durante el invierno; pero cualquiera que tenga experiencia sabe cuan penoso es obtener simiente de un poco de trigo o de otras plantas semejantes en un jardín: yo, en este caso, perdí todas las semillas. Esta opinión de la necesidad de una gran cantidad de individuos de la misma especie para su conservación explica, a mi parecer, algunos hechos extraños de la naturaleza, como el de que plantas muy raras sean a veces sumamente abundantes en los lugares donde se crían, y el de que algunas plantas sociales sigan siendo sociales—esto es, abundantes en individuos—aun en el límite extremo de su área de dispersión; pues en tales casos podríamos creer que una planta existe solamente donde sus condiciones de vida fueron tan favorables que pudieron vivir muchas juntas, y, de este modo, salvar a la especie de una destrucción total. He de añadir que los efectos benéficos del entrecruzamiento y los perjudiciales de la unión entre individuos parientes próximos entran en juego, indudablemente, en muchos de estos casos; pero no quiero extenderme aquí sobre este asunto.

Complejas relaciones mutuas de todos los animales y plantas en la lucha por la existencia.—Se han registrado muchos casos que muestran lo complejo e inesperado de los obstáculos y relaciones entre los seres orgánicos que han de luchar entre si en el mismo país. No daré más que un solo ejemplo, pues aunque es sencillo, me interesó. En el condado de Stafford, en la hacienda de un pariente, donde tenía abundantes medios de investigación, había un extenso brezal, sumamente estéril, que jamás había sido tocado por la mano del hombre; pero varios centenares de acres de exactamente la misma naturaleza habían sido cercados veinticinco años antes y plantados de pino silvestre. El cambio que se habla operado en la vegetación espontánea de la parte plantada del brezal era muy notable, más de lo que generalmente se ve al pasar de un terreno a otro completamente diferente: no sólo el número relativo de las plantas de brezo cambió por completo, sino que doce especies de plantas—sin contar las hierbas y los carex—que no pudieron encontrarse en el brezal, florecían en las plantaciones. El efecto sobre los insectos debió ser mayor aún, pues seis aves insectívoras que no se habían visto en el brezal, eran muy comunes en las plantaciones, y el brezal era frecuentado por dos o tres aves insectívoras distintas. Vemos aquí cuan poderoso había sido el efecto de la introducción de un solo árbol, no habiéndose hecho nada más, excepto cercar la tierra para que no pudiese entrar el ganado. Mas cuan importante elemento es el cercado lo vi claramente cerca de Farnham, en Surrey. Hay allí extensos brezales, con unos cuantos grupos de viejos pinos silvestres en las distantes cimas de los cerros; en los últimos diez años se han cercado grandes espacios y multitud de pinos sembrados espontáneamente crecen en la actualidad tan densos que no pueden vivir todos. Cuando me cercioré de que estos arbolitos no habían sido sembrados ni plantados, quedé tan sorprendido por su número que fui a situarme en diferentes puntos de vista, desde donde pude observar centenares de acres del brezal no cercado, y no pude ver, literalmente, ni un solo pino silvestre, excepto los viejos grupos plantados; pero mirando atentamente entre los tallos de los brezos, encontré multitud de plantitas y arbolitos que habían sido continuamente ramoneados por el ganado vacuno. En un metro cuadrado de terreno, en un punto distante unos cien metros de uno de los grupos de viejos pinos, conté treinta y dos arbolitos; y uno de ellos, con veintiséis anillos de crecimiento, había intentado durante varios años levantar su copa por encima de los tallos del matorral, sin haberlo conseguido. No debe sorprendernos, pues, que, en cuanto la tierra fue cercada, llegase a cubrirse densamente de pinitos que crecían con tanto vigor. Sin embargo, el brezal era tan extremadamente estéril y tan extenso que nadie hubiera imaginado nunca que el ganado hubiese buscado su comida tan atenta y eficazmente.

Vemos aquí que el ganado determina en absoluto la existencia del pino silvestre; pero, en diversas partes del mundo, los insectos determinan la existencia del ganado. Quizá Paraguay ofrece el ejemplo más curioso de esto, pues allí ni el ganado vacuno, ni los caballos, ni los perros se han vuelto nunca salvajes, a pesar de que pululan hacia el sur y hacia el norte en estado feral; y Azara y Rengger han demostrado que esto se debe a que en Paraguay es muy numerosa cierta mosca que pone sus huevos en el ombligo de estos animales cuando acaban de nacer. El aumento de estas moscas, Con ser numerosas, debe de estar habitualmente contrarrestado por algunos medios, probablemente por otros insectos parásitos. De aquí se deduce que si ciertas aves insectívoras disminuyesen en Paraguay, los insectos parásitos probablemente aumentarían, y esto haría disminuir el número de las moscas ombligueras; entonces el ganado vacuno y caballar se volvería salvaje, y esto sin duda alteraría mucho la vegetación—como realmente he observado en regiones de Sudamérica—; esto a su vez afectaría en gran manera a los insectos, y esto—como acabamos de ver en el condado de Stafford—en las aves insectívoras, y así progresivamente en círculos de complejidad siempre creciente. No quiero decir que en la naturaleza las relaciones sean siempre tan sencillas como éstas. Batallas tras batallas han de librarse continuamente, con fortuna varia, y, sin embargo, tarde o temprano, las fuerzas quedan tan perfectamente equilibradas, que la faz de la naturaleza permanece uniforme durante largos períodos de tiempo, aunque seguramente la cosa más insignificante daría la victoria a un ser orgánico sobre otro. Sin embargo, tan profunda es nuestra ignorancia y tan grande nuestra presunción, que nos maravillamos cuando oímos hablar de la extinción de un ser orgánico, y, como no sabemos la causa, ¡invocamos cataclismos para desolar el mundo o inventamos leyes sobre la duración de las estructuras vivientes!

Estoy tentado de dar un ejemplo más para mostrar cómo plantas y animales, muy distantes en la escala de la naturaleza, están ligados entre sí por un tejido de complejas relaciones. Más adelante tendré ocasión de exponer que la exótica Lobelia fulgens no es visitada nunca en mi jardín por los insectos, y, consiguientemente, a causa de su peculiar estructura, jamás produce semillas. Casi todas nuestras plantas orquídeas requieren indispensablemente visitas de insectos que trasladen sus masas polínicas y así las fecunden. He averiguado por experimentos que los abejorros son casi indispensables para la fertilización del pensamiento (Viola tricolor), pues otras abejas no visitan esta flor. He descubierto también que las visitas de las abejas son necesarias para la fertilización de ciertas clases de trébol; por ejemplo, veinte cabezas de trébol blanco (Trifolium repens) produjeron dos mil doscientas noventa semillas, y otras veinte cabezas resguardadas de las abejas no produjeron ninguna. Igualmente, cien cabezas de trébol rojo (T. pratense) produjeron dos mil setecientas semillas, pero el mismo número de cabezas protegidas no produjeron ni una sola semilla. Sólo los abejorrqs visitan el trébol rojo, pues las otras abejas no pueden alcanzar el néctar. Me han sugerido que las polillas podían fecundar los tréboles; pero dudo de si podrían hacerlo en el caso del trébol rojo, pues su peso no es suficiente para deprimir los pétalos llamados "alas". De aquí podemos deducir como lo más probable que, si todo el género de los abejorros llegase a extinguirse o a ser muy raro en Inglaterra, el pensamiento y el trébol rojo también llegarían a ser muy. raros o a desaparecer por completo. El número de abejorros en cada comarca depende en gran medida del número de ratones de campo, que destruyen sus panales y nidos, y el coronel Newman, que ha dedicado mucho tiempo a estudiar las costumbres de los abejorros, cree que "más de las dos terceras partes de ellos se destruyen así en toda Inglaterra". Ahora bien, el número de ratones depende mucho, como todo el mundo sabe, del número de gatos, y el coronel Newman dice: "Junto a las aldeas y poblaciones pequeñas he encontrado nidos de abejorros en mayor número que en cualquier otra parte, lo que atribuyo al número de gatos que destruyen a los ratones." ¡De aquí que sea completamente verosímil que la presencia de un gran número de felinos en una comarca pueda determinar, mediante la intervención primero de los ratones y luego de las abejas, la frecuencia de ciertas flores en aquella comarca!

En el caso de cada especie, probablemente entran en juego muchos obstáculos diferentes, que actúan en distintos períodos de la vida y durante diferentes estaciones o años, siendo por lo general un obstáculo o unos pocos los más poderosos, aunque concurren todos para determinar el promedio de individuos o hasta la existencia de la especie. En algunos casos puede demostrarse que obstáculos muy dispares actúan sobre la misma especie en comarcas diferentes. Cuando contemplamos las plantas y los arbustos que cubren una ladera enmarañada, nos sentimos tentados a atribuir su número relativo y sus clases a lo que llamamos casualidad. Pero, ¡cuán errónea opinión es ésta! Todo el mundo ha oído que cuando se desmonta un bosque americano, surge una vegetación muy diferente; pero se ha observado que las antiguas ruinas de los indios en los Estados Unidos del Sur, que antiguamente debieron de estar limpias de árboles, ofrecen hoy la misma diversidad y proporción de clases que la selva virgen que los rodea. ¡Qué lucha debe de haberse desarrollado durante largos siglos entre las diversas clases de árboles, esparciendo cada una anualmente sus semillas por millares! ¡Qué guerra entre insecto e insecto—y entre insectos, caracoles y otros animales con las aves y las bestias de rapiña—, esforzándose todos por aumentar, alimentándose todos unos de otros, o de los árboles, sus semillas y pimpollos, o de otras plantas que cubrieron antes el suelo y entorpecieron así el crecimiento de los árboles! Échese al aire un puñado de plumas, y todas caerán al suelo según leyes definidas; pero, ¡ qué sencillo es el problema de cómo caerá cada una comparado con el de la acción y reacción de las innumerables plantas y animales que han determinado, en el transcurso de los siglos, el número proporcional y las clases de árboles que ahora crecen en las antiguas ruinas indias!

La dependencia de un ser orgánico respecto a otro, como la de un parásito respecto a su víctima, existe generalmente entre seres distantes en la escala de la naturaleza. En este caso están a veces los seres de quienes puede decirse estrictamente que luchan entre sí por la existencia, como en el caso de la langosta y los cuadrúpedos herbívoros. Pero la lucha será casi siempre más severa entre los individuos de la misma especie, pues frecuentan las mismas comarcas, necesitan el mismo alimento y están expuestos a los mismos peligros. En el caso de las variedades de la misma especie, la lucha será por lo general casi igualmente severa, y a veces la contienda muy pronto decidida; por ejemplo, si se siembran juntas diversas variedades de trigo, y la semilla mezclada se vuelve a sembrar, algunas de las variedades que mejor se acomoden al suelo y al clima, o que sean las más fértiles por naturaleza, vencerán a las otras, producirán así más simiente y. por consiguiente, suplantarán en unos cuantos años a las demás variedades. Para conservar un acopio mezclado, aun cuando sea de variedades tan próximas como los guisantes de olor de diferentes colores, hay que recoger el fruto por separado cada año y mezclar después las semillas en la debida proporción; pues, de lo contrario, las clases más débiles decrecerían rápidamente en número y desaparecerían. Así ocurre también con las variedades de ovejas: se ha afirmado que ciertas variedades de montaña harían morir de hambre a otras variedades de montaña, de modo que no se las puede tener juntas. El mismo resultado ha ocurrido por tener juntas diferentes variedades de la sanguijuela medicinal. Hasta puede dudarse de si las variedades de cualquiera de nuestras plantas o animales domésticos tienen tan exactamente las mismas fuerzas, costumbre y constitución, para que las proporciones primitivas de un conjunto mezclado—evitándose el cruzamiento—pudieran sostenerse durante media docena de generaciones, si se les permitiese luchar entre si del mismo modo que los seres en estado de naturaleza, y si las semillas o las crías no se conservasen anualmente en la debida proporción.

La lucha por la vida es rigurosísima entre individuos y variedades de la misma especie.—Como las especies de un mismo género suelen tener—aunque en ningún modo invariablemente—mucha semejanza en costumbres y constitución, y siempre en estructura, la lucha será más rigurosa entre ellas, si entran en competencia entre sí, que entre las especies de distintos géneros. Vemos esto en la reciente extensión por algunas regiones de Estados Unidos de una especie de golondrina que ha causado el descenso de otra especie. El reciente aumento del charla en regiones de Escocia ha causado la disminución del zorzal. ¡Con cuánta frecuencia oímos decir de una especie de rata que ha desplazado a otra especie en los climas más diferentes! En Rusia, la pequeña cucaracha asiática ha ido empujando por todas partes a su congénere grande. En Australia, la abeja común importada está exterminando rápidamente a la abeja indígena, pequeña y sin aguijón. Se ha sabido de una especie de mostaza silvestre que suplanta a otra especie, y así otros muchos casos. Podemos vislumbrar por qué tiene que ser severísima la competencia entre formas afines, que ocupan casi el mismo lugar en la economía de la naturaleza; pero probablemente en ningún caso podríamos decir con precisión por qué una especie ha vencido a otra en la gran batalla de la vida.

Un corolario de la mayor importancia puede deducirse de las observaciones precedentes, a saber: que la estructura de todo ser orgánico está emparentada de modo esencialísimo, aunque a menudo oculto, con la de todos los demás seres orgánicos con que entra en competencia por el alimento o residencia, o de los que tiene que escapar, o de los que hace presa. Esto es obvio en la estructura de los dientes y garras del tigre, y en la de las patas y garfios del parásito que se adhiere al pelo del cuerpo del tigre. Pero en la semilla, con hermoso vilano, del diente de león, y en las patas aplastadas y peludas del escarabajo acuático, la relación parece limitada al principio a los elementos aire y agua. Sin embargo, la ventaja de las simientes con vilano se halla, indudablemente, en íntima relación con el hecho de estar la tierra cubierta ya densamente de otras plantas, pues las simientes pueden distribuirse más lejos y caer en terreno no ocupado. En el escarabajo acuático, la estructura de sus patas, tan bien adaptadas para bucear, le permite competir con otros insectos acuáticos, cazar su presa y evitar ser presa de otros animales.

La provisión de alimento almacenada en las semillas de muchas plantas parece a primera vista que no tiene ninguna relación con otras plantas. Pero por el activo crecimiento de plantas jóvenes producidas por esta clase de semillas, como los guisante y las judías, cuando se siembran en medio de hierba alta, puede sospecharse que la utilidad principal del alimento en la semilla es favorecer el desarrollo de las plantitas mientras están luchando con otras plantas que crecen vigorosamente a su alrededor.

Contemplemos una planta en el centro de su área de dispersión. ¿Por qué no duplica o cuadruplica su número? Sabemos que puede perfectamente resistir un poco más de calor o de frío, de humedad o de sequedad, pues en cualquier otra parte se extiende por comarcas algo más calurosas o más frías, más húmedas o más secas. En este caso podemos ver claramente que si concedemos imaginativamente a la planta el poder de aumentar en número, tendremos que concederle alguna ventaja sobre sus competidoras o sobre los animales que la devoran. En los confines de su área de distribución geográfica, un cambio de constitución relacionado con el clima sería, evidentemente, una ventaja para nuestra planta; pero tenemos motivo para creer que sólo unas cuantas plantas o animales se extienden tan lejos que sean destruidos exclusivamente por el rigor del clima. La competencia no cesará hasta que alcancemos los límites extremos de la vida en las regiones árticas o en los confines de un desierto absoluto. El terreno puede ser extremadamente frío o seco, y, sin embargo, habrá competencia entre algunas pocas especies, o entre los individuos de la misma especie, por los lugares más calientes o más húmedos.

Por consiguiente, podemos ver que, cuando una planta o un animal se halla en país nuevo entre competidores nuevos, las condiciones de su vida cambiarán por lo general de un modo esencial, aunque el clima pueda ser exactamente el mismo que en su país anterior. Si su promedio de individuos ha de aumentar en el nuevo país, tendremos que modificar este animal o planta de un modo diferente del que habríamos tenido que hacerlo en su país de origen, pues habríamos de darle alguna ventaja sobre un conjunto diferente de competidores o enemigos.

Es bueno intentar dar de este modo, con la imaginación, a una especie cualquiera, una ventaja sobre otra. Es probable que ni en un solo caso sabríamos cómo hacerlo. Esto debiera convencernos de nuestra ignorancia acerca de las relaciones mutuas de todos los seres orgánicos, convicción tan necesaria como difícil de adquirir. Todo lo que podemos hacer es grabar firmemente en nuestra mente que cada ser orgánico se esfuerza por aumentar en razón geométrica; que cada uno de ellos, en algún período de su vida, durante alguna estación del año, durante todas las generaciones o a intervalos, tiene que luchar por la vida y sufrir gran destrucción. Cuando reflexionamos sobre esta lucha, nos podemos consolar con la completa seguridad de que la guerra en la naturaleza no es incesante, que no se siente ningún miedo, que la muerte es generalmente rápida, y que el vigoroso, el sano y el feliz sobrevive y se multiplica.

Continúa ...

Comprar

 

 

CAPÍTULO IV

LA SELECCIÓN NATURAL O LA SUPERVIVENCIA DE LOS MÁS APTOS

Selección natural: su fuerza comparada con la selección del hombre; su poder sobre caracteres de escasa importancia; su influencia en todas las edades y en los dos sexos.— Selección sexual.—Acerca de la generalidad de los cruzamientos entre individuos de la misma especie.—Circunstancias favorables y desfavorables para los resultados de la selección natural, a saber: cruzamiento, aislamiento y número de individuos.—Acción lenta.—Extinción producida por la selección natural.—La divergencia de caracteres, relacionada con la diversidad de los habitantes de toda estación pequeña y con la aclimatación.—Acción de la selección natural, mediante la divergencia de caracteres y la extinción, sobre los descendientes de un progenitor común.—Explica la agrupación de todos los seres orgánicos.—Progreso en la organización.—Conservación de las formas inferiores.—Convergencia de caracteres.—Multiplicación indefinida de las especies.—Resumen.

¿Cómo actuará la lucha por la existencia, que hemos discutido brevemente en el capítulo anterior, en lo que se refiere a la variación? El principio de selección, que hemos visto tan potente en las manos del hombre, ¿puede aplicarse en las condiciones naturales? Creo que veremos que puede actuar muy eficazmente. Ténganse presentes el sinnúmero de variaciones pequeñas y de diferencias individuales que ocurren en nuestras producciones domésticas, y, en menor grado, en las que están en condiciones naturales, así como también la fuerza de la tendencia hereditaria. En la domesticidad, puede decirse realmente que todo el organismo se hace plástico en cierta medida. Pero la variabilidad que encontramos casi universalmente en nuestras producciones domésticas no es producida directamente por el hombre, como muy bien hacen notar Hooker y Asa Gray; el hombre no puede originar variedades ni impedir su aparición; únicamente puede conservar y acumular aquellas que aparezcan. Involuntariamente, el hombre somete a los seres orgánicos a nuevas y cambiantes condiciones de vida, y sobreviene la variabilidad; pero semejantes cambios de condiciones pueden ocurrir, y ocurren, en la naturaleza. Téngase también presente cuan infinitamente complejas y rigurosamente adaptadas son las relaciones de todos los seres orgánicos entre sí y con sus condiciones físicas de vida, y, en consecuencia, qué infinitas diversidades variadas de estructura serían útiles a cada ser en las cambiantes condiciones de vida. ¿Puede, pues, parecer improbable, después de ver que indudablemente se han presentado variaciones útiles al hombre, que otras variaciones útiles de alguna manera para cada ser en la gran y compleja batalla de la vida ocurran en el transcurso de muchas generaciones sucesivas? Si esto ocurre, ¿podemos dudar—y recordemos que nacen muchos más individuos de los que es posible que sobrevivan—de que los individuos que tengan cualquier ventaja, por ligera que sea, sobre otros, tendrían más probabilidades de sobrevivir y de procrear su especie? Por el contrario, podemos estar seguros de que toda variación perjudicial, aun en el grado más ínfimo, sería rigurosamente destruida. A esta conservación de las variaciones y diferencias individualmente favorables y la destrucción de las que son perjudiciales, la he llamado selección natural o supervivencia de los más aptos. Las variaciones que no son útiles ni perjudiciales no serían afectadas por la selección natural, y quedarían abandonadas ya a un elemento fluctuante, como vemos quizá en ciertas especies polimorfas, o bien llegándose a fijar finalmente, a causa de la naturaleza del organismo y de la naturaleza de las condiciones del medio ambiente.

Varios autores han entendido mal o puesto reparos al término selección natural. Algunos hasta han imaginado que la selección natural produce la variabilidad, siendo así que implica solamente la conservación de las variaciones que surgen y son beneficiosas al ser en sus condiciones de vida. Nadie pone reparos a los agricultores que hablan de los poderosos resultados de la selección del hombre; y, en este caso, las diferencias individuales dadas por la naturaleza, que el hombre elige con algún objeto, tienen por necesidad que ocurrir antes. Otros han objetado que el término selección implica elección consciente en los animales que se modifican, y hasta se ha argüido que, como las plantas no tienen volición, la selección natural no es aplicable a ellas. En el sentido literal de la palabra, indudablemente, selección natural es una expresión falsa; pero ¿quién pondrá nunca reparos a los químicos que hablan de las afinidades electivas de los diferentes elementos? Y, sin embargo, de un ácido no puede decirse estrictamente que elige una base con la cual se combina preferentemente. Se ha dicho que hablo de la selección natural como de una potencia activa o divinidad; pero, ¿quién hace cargos a un autor que habla de la atracción de la gravedad como si regulase los movimientos de los planetas? Todos sabemos lo que significan e implican tales expresiones metafóricas, que son casi necesarias para la brevedad. Del mismo modo, también, es difícil evitar la personificación de la palabra naturaleza; pero por naturaleza quiero decir sólo la acción conjunta y el producto de muchas leyes naturales, y por leyes, la sucesión de hechos en cuanto son comprobados por nosotros. Familiarizándose un poco con los términos, estas objeciones tan superficiales quedarán olvidadas.

Continúa ...

Comprar

 

La información ofrecida está sujeta a cambios del Editor y/o el Vendedor del libro.

 
 

© Biopsychology.org, 1998 - 2001

Contacto:
Última actualización:
21/03/06